Soy periodista. Eso, creo, significa acercar historias a la gente.
Si las de este blog te gustan, te invito a conocer la gran historia que he contado
: La mirada. Un viaje al corazón marroquí.

8 nov. 2011

cara@cara

Por mucho que no sea realmente democrático, uno de los dos señores que ayer compartían audiencia millonaria será el presidente del Gobierno en el momento más difícil del país en su historia reciente. Azul o azul claro, ésa es toda la diferencia, especialmente patente desde que Rubalcaba cambia el rojo 'socialista' por el azul, tal y como está ocurriendo en sus mítines y, ayer, en la corbata.

Llevábamos días escuchando que todo estaba milimétricamente pensado. Y se notó que González Pons se esforzó en pensar, otra cosa es cómo se le dé: Rajoy, 'ojiplático', como un flan, debía iniciar el debate, romper el hielo, a su manera, demostrando que leer se le da muy bien. Después, el hombre que "aspira a crear 3,5 millones de puestos de trabajo", también había negociado que Rubalcaba abriera el debate económico, con lo que facilitó que Rajoy fuese a contracorriente en sus intervenciones sobre la materia. Y, como no hay buen 'pastel' sin guinda, negoció que Rubalcaba finalizara el debate, lo que permitía comparar su última intervención con la del probable presidente. A muchos nos hubiera gustado que para una última intervención, el probable presidente se hubiera quitado la americana con sutilieza, se hubiera remangado las mangas de la camisa y, mirando a la cámara, hubiera dejado claro que se puede confiar en él. Cierto es que esto es pedir demasiado a nuestra anacrónica clase política... pero la primera intervención de Rajoy como presidente a toda España fue, sencillamente, vergonzosa: ¡lo leyó todo! (excepto el "España no se rinde nunca" con el que acabó).


Rubalcaba empezó muy fuerte: una explicación pedagógica de la crisis, una medida concreta (el Estado pagará la Seguridad Social de los nuevos contratos, lo cual, supondría un ahorro muy importante para los empresarios), utilizó la palabra "autocrítica", y preguntó, preguntó lo que España se pregunta. Dicen que fue un periodista en vez de un político. Pero yo se lo agradezco: Rajoy no va a dar ni una rueda de prensa en toda la campaña. No va a contestar preguntas. Estuvo a punto de contestar una, la última, cuando el probable presidente decía "mi reforma laboral será...", pero, justo en ese momento, había que comer un trocito más de pastel: nos fuimos a la publicidad.

Creí que Rubalcaba, antes de seguir con el guión marcado (ese en el que tenía que hablar de recortar en gastos militares y luchar contra el fraude fiscal, pero que ya nadie se cree), tras el descanso, le diría algo así como "Señor Rajoy, nos habíamos quedado en el minuto más interesante de todas las largas horas que usted ha divagado sobre el tema, ¿podría explicarnos cómo será su reforma?". Pero no lo hizo, y Rajoy, buen orador y mejor lector, ya se había quitado el corsé que tuvo durante el inicio e, incluso, hilaba tres frases mirando a Rubalcaba.


¡Coño, si eso sí es una medida!

Debo admitir que el debate fue menos tedioso de lo que esperaba. Ya se sabe, una buena gracia te hace muy campechano. Y, viendo algunos espectáculos, más vale reír que llorar. Así, Rubalcaba empezó el carrusel del humor: "¿41 veces ha debatido medidas económicas? No, si usted tiene bien ensayado el discurso". Pero luego el probable presidente sorprendió a propios y extraños o, al menos, a los que no hemos tenido la oportunidad de tomarnos un vino con él y comprobar que la mofa es parte de su oratoria. Y no es porque dijera "Massachusetts", como muchos esperaban con ansia, si no cuando introdujo la palabra Twitter con la misma cotidianeidad con la que mi abuela manda un WhatsApp; cuando reinició el debate tras la publicidad contando un cuento, con la entonación narrativa de la madre más dulce del mundo al acostar a su hijo; cuando, luciendo espontaneidad, soltó primero un magnífico "pues mala conclusión", y un "si no le va tan mal el debate"; y cuando su maravilloso juego de miradas, palabras y silencios concluyó ayudando a Rubalcaba: "le interrumpo", quería decir. Pero mi momento favorito fue cuando, sacando su ya famosa varita mágica para crear empleo, hilvanó que, al haber austeridad en la Administración, el crédito no irá a lo público sino a lo privado, lo que lo llevó a exclamar improvisadamente "¡eso sí es una medida!", revelando brillo en sus ojos, entusiasmado al creer haber mostrado una medida concreta que su oratoria había expuesto así, improvisando y todo.

Y no. Para todos y todas los que esperaban ansiosos que, al final, se besaran... no pudo ser. Es cierto que, tras la intervención de Rubalcaba sobre ETA y el posterior "yo digo lo mismo que usted" del probable presidente, muchos pensaron que llegaría el momento... pero Rajoy estaba dolido, el amor era imposible, y así se lo hizo ver: "No, es que al que hacen daño tus palos es a mí".

Si el presente trata de juzgar el pasado, perderá el futuro.
Winston Churchill