Soy periodista. Eso, creo, significa acercar historias a la gente.
Si las de este blog te gustan, te invito a conocer la gran historia que he contado
: La mirada. Un viaje al corazón marroquí.

17 mar. 2011

Kamikazes heroicos

Los estadounidenses utilizaron el término japonés 'kamikaze' para referirse a la 'Unidad Especial de Ataque Shinpu' del Imperio Japonés durante la II Guerra Mundial. Para los nipones, 'kamikaze' fue el 'Viento Divino' que, en forma de inmenso tifón, evitó, en el siglo XIII, la invasión mongola de su país. Ya ven, cosas de la propaganda de guerra, siempre tan efectiva...

Y es que, el término ya está en el diccionario de cualquier ciudadano del mundo (no solo en el vocabulario individual, si no también en la R.A.E.) para referirse a alguien que es capaz de morir por el bien de una idea común (actualmente en Occidente, el término denota -por el vínculo mediático con el 11-S y otros actos terroristas del islamismo radical- un cierto matiz de locura por parte de dichos kamikazes).

Los héroes anónimos de Fukushima. elsolonline.com
 Y es que no podemos pretender adaptar las formas de pensamiento y actuación de las distintas culturas del mundo observándolas solo desde nuestro prisma. Es por ello que hoy miramos con absoluta fascinación a los ciento ochenta japoneses, bautizados por su propio pueblo como los 'héroes de Fukushima', que están practicando la ruleta rusa con todas las balas en el tambor del revólver. Son bomberos, militares y técnicos de la central nuclear -además de jubilados voluntarios- que, en un nivel de profesionalidad digno de su cultura que más de uno aún no alcanza a entender (como diría Goyo Jiménez, "para los de la LOGSE: empatía") están dando la vida por su país (para los que gustan de lucir banderas y águilas: patriotismo).

Ojalá nunca suframos un desastre de estas características. Si ocurriese, mucho me temo que nosotros también nos convertiríamos en kamikazes: el individualismo nos mataría.

El hombre es un producto social y la sociedad debe impedir que se pierda para ella.
Miguel de Unamuno.

7 mar. 2011

Una foto: del cielo al infierno

La deshumanización en la que llevamos ya demasiados años sumergidos los “ciudadanos del mundo” es uno de los principales problemas –y la gran causa- de la mayoría de las desastres actuales. Hoy me gustaría contar una historia acaecida hace más de 16 años, pero cuya complejidad emocional y conflicto interno son imperecederos.


Kevin Carter era un joven fotógrafo sudafricano que pasó, en tres meses, de conseguir el premio Pulitzer por una de sus fotografías, a suicidarse por el dilema moral que ella le supuso. Carter nació en 1960, y pronto se dio cuenta de que ser un hombre blanco en la Sudáfrica del apartheid era algo similar a ser un jeque árabe en algún país de Oriente Medio en el que la pobreza y el fanatismo son cotidianos. Pudiendo llevar la cómoda vida que le correspondía, él buscó en el periodismo gráfico la vía para movilizar a los acomodados cerebros occidentales y a la opinión pública internacional. Mostraba la crudeza de la situación de su país, la violencia desmedida, el horror de cada esquina, la lucha fraticida, etc. Carter acudía todos los días a primera hora de la madrugada a la zona de conflicto, arriesgando su vida para poder tomar esa instantánea. ¿Has visto alguna vez un asesinato? Yo no –y lo agradezco, evidentemente-. Imagino que a muy pocos de vosotros os ha pasado, pero sí somos todos capaces de imaginar lo que debe suponer vivir una imagen así. No será fácil de borrar de nuestros cerebros. La complejidad de la mente humana es tal, que si tu vida consiste en ver escenas de semejante dramatismo diariamente, es necesario crear un armazón para tu alma, y poder seguir así con tus objetivos –que en el caso de Carter era sensibilizar al mundo- observando esas imágenes diariamente. Conformar esta armadura es necesario, pero deshumaniza. Un periodista compañero suyo lo explica: La cámara funciona como una barrera que lo protege a uno del miedo y del horror, e incluso de la compasión.

Y después, ¿ayudaste a la niña?

En 1993, Carter se tomó unas vacacaciones. Marchó a Sudán, y allí es donde fotografió la imagen. Una niña famélica, arrodillada en el suelo sin poder moverse a causa del hambre. Un buitre, impasible y frío, esperando la muerte de su objetivo. Y al otro lado –se puede hablar de simetría en el posicionamiento- otro buitre, éste con cámara de fotos, también esperando. Atento e inmóvil estuvo Carter durante veinte minutos en busca de que el ave abriera sus alas y tomar la instantánea de su vida. Una foto que tuviera tanta fuerza como para movilizar conciencias en busca de solución a problemas como el hambre. Pero el buitre no se acercó a la niña, y Carter se fue.
La foto fue portada de The New York Times, y en abril de 1994 le comunicaron que había ganado el Pulitzer. Además, el conflicto entre sus compatriotas por el que había luchado toda su vida se había solucionado: la guerra en Sudáfrica concluyo, Nelson Mandela era presidente y la justicia se abría camino entre las pistolas. Todo parecía perfecto, pero a Carter le desapareció el armazón que protegía su alma, y aquella niña sudanesa no le permitía vivir. En esta época, incrementó su ya importante dependencia de las drogas, y, siempre, en cada rincón, le hacían la misma pregunta: “Y después, ¿ayudaste a la niña?”.

“Es la foto más importante de mi carrera, pero no estoy orgulloso de ella. No quiero ni verla. La odio”. Son sus palabras tras el Pulitzer. En julio de 1994, y con sólo 33 años, cuando lo tenía todo, su vida ya no tenía sentido. Cogió su coche, fue a la orilla de un río en el que jugaba cuando era niño (cuando palabras como muerte, apartheid o hambre no ocupaban su mente), e inhalando monóxido de carbono por fin consiguió serenar su conciencia. Kevin Carter, una foto: del cielo al infierno. ¿Dónde crees que está pasando la eternidad: en el cielo o en el infierno?

El hombre siempre muere antes de haber nacido por completo.
Erich Fromm