Soy periodista. Eso, creo, significa acercar historias a la gente.
Si las de este blog te gustan, te invito a conocer la gran historia que he contado
: La mirada. Un viaje al corazón marroquí.

31 may. 2014

Cambiar la Educación

El sistema educativo es una estafa. De hecho, es la gran estafa. Es la herencia que el despotismo ilustrado ha legado a la Humanidad. Debemos ser conscientes de por qué nació este sistema de escuela y por qué se mantiene desde entonces: debemos cambiar el paradigma, debemos lograr que los críos que nacen hoy cambien de verdad el mundo porque han tenido la educación más libre de la Historia. Sus cerebros, el de todos ellos, serán el motor de la humanidad, ¿me acompañáis para que sean realmente productivos? Ellos, los niños y las niñas, nos lo ponen fácil: son curiosos, son observadores, son propensos a aprender; tienen un instinto capaz de pensar distinto, tienen la mente abierta; son muy creativos e imaginativos. Son genios en potencia: son científicos, artistas, creadores… ¿Por qué no dejamos que terminen siéndolo? ¿Cambiamos de raíz el sistema y potenciamos estas capacidades fabulosas? ¿O seguimos encerrándolos en una escuela tediosa que provoca que pierdan toda su curiosidad, su creatividad… en pos de fabricar nuevas generaciones de personas adiestradas? Sí, porque ¿en qué consiste la escuela? Pues en lo mismo que cuando se ideó hace más de trescientos años. En la Atenas clásica, la escuela obligatoria era para esclavos; los hombres libres acudían a espacios públicos de reflexión. En Esparta sí tenían una educación militar, similar a la actual: en Esparta necesitaban crear guerreros. Algo que nunca se comenta es que el sistema educativo, sin apenas variaciones respecto al que tenemos hoy, lo creó el despotismo ilustrado. Monarquías absolutistas que pretendían hacer creer que acogían las ideas de la Ilustración. ¿Os suena esto de algo? Ya sabéis, “Todo por el pueblo, pero sin el pueblo”. No es cuestión de dar aquí una clase de Historia, aunque a España le hubiera ido mejor estas últimas décadas con más clases de Historia y menos mítines vacíos. La creación del concepto de escuela pública, universal y gratuita la realizó la Prusia absolutista. Por miedo, tras la Revolución francesa, y para formar súbditos preparados para las guerras que se avecinaban. Su éxito en la élite política internacional fue brutal: los gobiernos de Europa y América lo aplicaron al instante, había que perpetuar el modelo de clases. Había que ir enseñándonos ya desde pequeños a que la vida funciona como una cadena de montaje. Había que ir enseñándonos las mismas materias a todos, pese a que todos somos diferentes. Había que enseñarnos a callar y a obedecer. Había que confeccionar trabajadores que supieran leer y tuvieran ciertos conocimientos para que todos fueran productivos trabajadores. Había que mecanizar tylorísticamente el proceso, con un docente por año y asignatura que enseñara a treinta niños respecto a determinadas áreas, pese a que cada uno tiene sus inquietudes, respecto a las que es un genio en potencia. Si los adultos somos distintos, si no sabemos lo mismo y si nos dedicamos a cosas diversas, ¿por qué educamos a los niños para que aprendan lo mismo y sean todos iguales? Había que tener calificaciones para dar a lo inhumano una lógica comprensible y medible, para poder crear premios y castigos a raíz de un número del cero al diez. Había, y hay, esta forma de educar. Podemos vivir sin saber ecuaciones bicuadradas, pero no podemos vivir sin aprender a relacionarnos con otras personas. Además, no hay nada que emocione más a un niño que descubrir por él solo el por qué de algo; así nunca lo olvidará. Lo que sí olvidará es lo que le hagamos estudiar repitiéndolo una y otra vez. Esto es obvio, y más ahora, que el conocimiento está actualizado y disponible día a día. Con el niño del mañana, el trabajo del maestro debe consistir en plantearle misterios, en enseñarle a que curiosee, a que indague, a que descubra por sí mismo, a que yerre y se levante: así siempre curioseará, indagará, descubrirá y se levantará por sí mismo; así siempre dudará de las cosas, no dará nada por verdad absoluta y estará siempre deseoso de preguntar. “Cuando seas mayor tendrás que tomar decisiones”, les decimos todos a nuestros hijos porque nos lo dijeron a nosotros de pequeños. Pero de pequeños no es que no les dejemos tomar decisiones, es que ni siquiera les enseñamos a tomarlas. ¡Abramos los ojos!: la escuela creada por el absolutismo para tiempos de guerra es en la que nos hemos educado, y creemos que no existe otra opción. Cuando hayamos abierto los ojos, hay que decidir: ¿Queremos una nueva forma de educación para nuestros hijos, para las generaciones de españoles que dentro de poco llevarán las riendas del país? Yo, sí quiero. Decía antes que “había, y hay, esta forma de educar”. Ahora añado: ¡No tiene por qué haberla más! 

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